En el capítulo MARIONETAS hice referencia a las personas que, por un déficit importante de su asertividad, son manipuladas como “títeres” en sus vidas, y terminan haciendo de éllas lo que los demás les indican que tienen que hacer (en lo que hace a aspectos como el trabajo, los estudios, las relaciones afectivas, etc.). En esta ocasión me referiré a aquellas influencias del entorno que producen un efecto de convencimiento del error que uno cometió o está a punto de cometer si toma tal o cual determinación. Estas últimas tienen éxito sin ejercer presión, o extorsionar con algún “castigo”; mientras que en las que describí en aquella oportunidad, los sujetos influenciados sufren mucho ante el sentimiento de imposibilidad de decir: “NO…, ¡voy a hacer lo que me plazca!”, por temor a perder el afecto de los otros.-ENTRANDO EN TEMA
¿Somos seres influibles?
Vale decir, a la hora de tomar una decisión (o aún habiéndola tomado ya), las observaciones u opiniones de nuestro entorno significativo, ¿influyen sobre nuestras elecciones, o cambian el curso del desarrollo de las ya tomadas?
Me arriesgaría a afirmar que la mayoría responderá que NO. Que una vez que toman una determinación, “contra viento y marea” la llevan a cabo; y como suele decirse en criollo; “los de afuera, son de palo”.
-PARA REFLEXIONAR
“Coge un ciervo y llámalo caballo”
(指鹿為馬/指鹿为马)
- Zhao Gao -
(指鹿為馬/指鹿为马)
- Zhao Gao -
Pareciera que no es tan sencillo evitar que las opiniones ajenas no influyan en nuestras decisiones, por lo menos en un porcentaje considerable de personas.
Paul Watzlawick (Pág.96), refiriéndose al “poder del grupo”, describe una serie de experiencias realizadas por un psicólogo de nombre Asch, y que intentaré resumir.
Los experimentos de Asch (1951) consistieron en reunir una serie de ente 7 a 9 estudiantes a los que se les mostraba el siguiente par de imágenes:
Les solicitaba que seleccionasen de la foto que contiene tres rayas verticales, una que fuese del mismo tamaño que la que se observa en la de una sola línea.La prueba estuvo compuesta de 14 exposiciones de pares de fotos, donde siempre, en la que contenía tres rayas, había una que era similar a la solitaria.
Todo marchaba “sobre ruedas”, y hasta parecía convertirse en un aburrido experimento, hasta que luego de la tercera muestra, uno de los estudiantes se topó con que el resto del grupo eligió una de las líneas totalmente diferente a la que él había seleccionado.
Claro está que éste (el objeto de investigación) desconocía que Asch había instruido a los otros para que, adrede, eligieran esa respuesta falsa.
Ante la primera divergencia, el muchacho se mantuvo incólume en su decisión. Sin embargo, a medida que avanzaba el experimento, y se continuaba con la discrepancia, comenzó a manifestar signos de preocupación e inseguridad, vacilaba antes de dar su respuesta, hablaba en voz baja, o esbozaba una forzosa sonrisa.
Se enfrentó ante el siguiente dilema:
1 - O bien contradecía la opinión de los otros y aparecía, por consiguiente, como defensor de una realidad curiosamente distorsionada.
2 – O bien optaba por desconfiar de sus propios sentidos.
Aunque parezca increíble, hasta un 36,8% de los sujetos optaron por esta segunda alternativa. Vale decir, de 100 individuos, casi 37 acataron la decisión del grupo contrariamente a lo que sus sentidos le indicaban.
Si bien Asch profundizó su experiencia hasta demostrar ante qué cantidad de miembros divergentes en un grupo es necesario enfrentarnos para que algunos cambiemos nuestras decisiones, solamente expongo el caso en el que existe unanimidad grupal.
Las repercusiones emocionales de la experiencia abarcaron, desde una leve angustia, hasta sentimientos de despersonalización. Alguno de ellos llegó a expresar: «Creo que tengo razón, pero mi razón me dice que no puedo tenerla, porque no puedo creer que todos los demás se equivoquen y sólo yo tenga razón». (Pág.98)
- PALABRAS FINALES
Si bien coincidiría con quien opine que lo expuesto está basado en un ejemplo experimental que difícilmente se produzca en la realidad cotidiana; puedo asegurar que, en mi actividad profesional, muchos motivos de consulta se debieron, o bien a los efectos emocionales que las opiniones de un grupo significativo produjeron sobre pacientes que habían tomado una decisión, o a temores por las influencias de conductas “negativas” que podrían adoptarse en la vida de algunas personas queridas por esos consultantes.
Algunos de ellos fueron:
- Rupturas de relaciones de pareja recientemente formadas cuando a alguno de los miembros les llegan “rumores” sobre “la historia” de vida del otro, especialmente relacionados a su sexualidad. Claro está que estas consecuencias no eran producto directo del “rumor” cuando no se “ligaba” a una valoración prejuiciosa del sexo en los influenciados.
- Madres alarmadas por las posibles influencias de los grupos de pertenencia de sus hijos (“juntas”, que le llaman aquí) en relación al consumo de alcohol, tabaco o drogas; al rendimiento en los estudios; al inicio de su sexualidad, etc.
- Hombres sumamente preocupados debido a que entre el grupo de amistades femeninas con las que suele salir a compartir algún evento su esposa, muchas de ellas, o en su totalidad, son mujeres divorciadas o separadas. El temor es a la influencia que pueda ejercer la expresión de los sentimientos de libertad que dicen experimentar las que ya no viven en pareja estable, respecto de continuar siendo ella una mujer casada.
Podría citar otros ejemplos, aunque creo que con éstos alcanza. Al respecto, quisiera decir que en los dos últimos mencionados, esos temores por las influencias del grupo sobre las personas (hijos o esposas), en varios casos, luego se confirmaron en la realidad.
En otra oportunidad me referiré a las llamadas INFLUENCIAS SUTILES o SUBLIMINALES.
Por último, debo reconocer que en ocasiones existen imponderables que echan por tierra las influencias de un grupo. Por ejemplo cuando es el otro el que toma determinaciones que ni nosotros, ni el grupo, tiene el poder de modificar. Esto es lo que se refleja en lo sucedido al luthier Daniel Rabinovich en el video que les invito a ver.
BIBLIOGRAFÍA:
P. Watzlawick - “¿ES REAL LA REALIDAD?” - Ed. Herder – Barcelona (1979)
Cariños.
Ricardo Musso
