- INTRODUCCIÓN
Cuando nosotros, los terapeutas cognitivistas-comportamentales, recibimos la consulta de alguna persona solicitando nuestros servicios con intención de superar algún problema que los afecta psicológicamente, solemos seguir algunos pasos para tener una compresión del conflicto.
En primer lugar, tratamos de identificar si éste es de tipo individual y tiene origen en ideas o pensamientos del consultante sobre la manera que interpreta la “realidad” que lo circunda (“mi vida no tiene sentido…”); o hacia su persona (“no sirvo para nada…”); o de tipo “catastrófico” para con las personas significativas de su entorno (“si se muere mi hijo…, me mato!”), y también si, el pesar, es de tipo interaccional: conflictos con familiares, la pareja, los hijos, amigos, compañeros de trabajo, etc.
En un segundo momento, indagamos las cosas que, por propia iniciativa, ha hecho la persona para superar el problema.
Si ha intentado - en el caso de las auto-verbalizaciones negativas – controlar sus pensamientos; reformularlos; cuestionárselos (con métodos que ya traté en
otros capítulos, por ejemplo); y en los casos de conflictos interactivos, indagamos si éstos tienen relación con sus características de comportamiento (
agresividad verbal o física, falta de asertividad para expresar sus deseos; etc.), o si dependen de maneras de actuar del otro (
o los otros), por características similares a las ejemplificadas entre paréntesis; en cuyo caso, de ser así, es poco lo que se puede hacer si la otra persona no participa de la consulta y está dispuesta a reconocer sus desatinos.
Claro está que no olvidamos que, en estos casos interaccionales, solo oímos “la campana” de quien nos consulta, por lo que muchas veces es “norma” citar al ínter-actuante, y consultar sus puntos de vista de los hechos.
No es común encontrar personas que, portadoras de un padecimiento psíquico, no hayan hecho algún intento por superarlo. Sobre todo si el conflicto tiene larga data.
Quien, genuinamente, quiere resolver un problema, se aboca a intentar una solución - aunque no haya logrado encontrarla y esto luego sea motivó de la consulta a un especialista -.
La
imposibilidad de encontrar soluciones por esfuerzos propios no debería interpretarse como signos de
incapacidad o ineptitud. Si así lo creyese el sujeto; es dable revisar sus pensamientos sobra la
omnipotencia; porque es muy probable que al intentarlo, haya quedado “
enmarañado” en una concepción de la solución (como vimos en el
capítulo de los 9 puntos) y “
cayó” en la fórmula de “
más de lo mismo” (propia del Cambio1).
- ENTRANDO EN EL TEMA
Haciendo la salvedad que lo que mencionaré no está circunscrito a la propiedad de ser diplomado, ya que quienes me han leído, deben saber de mi intención que estos textos sean de utilidad para la auto-aplicación de los conceptos que vierto; continuaré con la descripción de los pasos que seguimos los terapeutas cognitivo-comportamentales; como lo hice en la introducción.
Luego de haber cumplimentado los pasos descritos; si la persona nos manifiesta que pese a sus intentos de solucionar su conflicto no lo ha logrado (y luego, insisto, de revisar si esos intentos eran los adecuados), pasamos a preguntarnos: ¿qué es lo que "ayuda" a mantener ese trastorno en esta persona?. Y si logramos encontrar algo (por lo general proveniente de su entorno cercano); a ello lo llamamos: REFORZADOR.
Sin aspirar a que ésta sea una definición exacta; los REFORZADORES son todo lo que las personas - próximas al sujeto padeciente - hacen o le dicen a él, respecto de su sufrimiento, pero que en realidad le generan un "beneficio" por ser portador de dicho padecimiento. Claro está que me refiero a los casos en que esas cosas que hacen o le dicen estén "colaborando" a mantener el padecimiento, de lo contrario no se llamarían así, sino ATENUADORES.
En ocasiones, esas personas cercanas, expresan: “Yo no hago ni le digo nada…”; y aunque no voy a ser muy meticuloso en los desarrollos teóricos: "no hacer ni decir algo", también puede ser un REFORZADOR.
Puede haber quien se pregunte: “entonces… ¿tengo, o no tengo que decir o hacer algo?”; y esa pregunta es muy complicada de responder, porque dependerá del caso específicamente.
- EJEMPLO
Muy sintéticamente (y quizás hasta burdamente);
cuando accedemos al pedido de un niño que nos lo solicita mediante una “
rabieta”, estamos
REFORZANDO la probabilidad de que cada vez que

necesite algo, recurra al “
pataleo y el griterío” para conseguirlo, es decir, estamos aplicando un
REFORZADOR de esa conducta.
Pero - para clarificar lo mencionado arriba respecto de no hacer nada - si el pequeño se pasa horas “bochincheando”, y nosotros nos mantenemos en un incólume silencio, mirando la TV por ejemplo, también estamos REFORZANDO su conducta.
El ideal sería dirigirnos a él, serenamente, y decirle: “te voy a acompañar a tu cuarto para que sigas llorando allí, y cuando te calmes, te espero en el living donde estoy mirando la televisión, y si me hablás y me contás lo que queres, con tranquilidad, y sin gritos, te voy a escuchar, y veré qué puedo hacer por lo que necesitas” (si fuese necesario por no acceder al pedido, sin violencia, trasladarlo hasta su habitación tomándolo de un brazo). En este caso, estaríamos ATENUANDO (disminuyendo) la probabilidad de recurrir a esos “métodos” de pedir lo que quiere, ya que solo lo escucharíamos y atenderíamos a su pedido cuando esta calmado.
- PUNTUALIZANDO
Como no suelo tratar temas relacionados a la conducta infantil, el ejemplo mencionado también es pertinente a la conducta del adulto, - aunque no se trate de “rabietas” - y aplicar "encierros en el cuarto". Pero con un poco de “imaginación y sentido común” - quien lea este texto -, llegará a saber cuándo - con sus actos y palabras - está REFORZANDO el padecimiento en un afectado de dolencia emocional, o lo está ATENUANDO.
Como mencioné arriba, si una persona, genuinamente, quiere mejorar su estado psico-emocional, se aviene a que se modifiquen los REFORZADORES de su entorno, o a re-estructurar sus pensamientos para conseguirlo. Sin embargo, en ocasiones, me he encontrado (y sospecho que muchos de ustedes lo han experimentado) con personas que manifiestan su queja, en una actitud de “desafío”.
¿Qué estoy queriendo decir?.
Me refiero a consultantes que aunque cuentan su malestar y su intención de querer mejorar, y además mencionan haber hecho intentos para superar el problema, a renglón seguido expresan: “Voy a probar, una vez más, con vos…, porque los 20 terapeutas que vi antes de llegar acá, no `dieron en el clavo´ con la solución; ni tampoco mis amistades o familiares!”.
“Ah bueno…!” – me digo -; “¿Y por qué yo voy a poder entonces?” – me pregunto -.
Y entonces me doy cuenta que, cuando busco los REFORZADORES de su malestar, encuentro que el principal REFORZADOR es: EXPRESAR su malestar (expresar así, con mayúsculas).
Creo pertinente aclarar que no me refiero a los casos conocidos como “Hipocondríacos”, que deambulan de consultorio en consultorio convencidos que son portadores de una enfermedad aunque cien veces les dijeron que están sanos; tampoco a los “Depresivos” que han perdido interés por el entorno y su persona; o los “Pesimistas” que tienden a ver siempre “el vaso medio vació” y nunca “medio lleno”; ni a los “Simuladores” de un malestar, para obtener beneficios de tolerancia por ejemplo.
Me refiero a aquellos que llevan como “estandarte” su malestar, y como un buen “bateador” de baseball “devuelven todas las pelotas”; y ello porque – aunque cueste admitirlo – son más los beneficios emocionales que obtienen con su sufrir, que el que obtendrían sin él.
En ocasiones, como terapeuta, he obtenido buenos resultados cuando me he declarado incompetente para ayudarlos !. Aunque efímeros, lamentablemente
Pareciera que en esos momentos se “apiadan” de mí, y aceptan conversar de otros asuntos de su vida que no sea su “monotemática queja”.
Pero digo efímeros, porque en realidad; al poco tiempo vuelven “a la carga” con su insalvable problema.
Es entonces que me suelo decir: “no hay con qué darles!”.
- PARA TERMINAR
Ustedes dirán: “Ufff…tanta lata para hablar de aquellos que quieren llamar la atención!!!”.
Bueno…, salvo cuando uno esta solo en su casa, siempre llama la atención con su presencia en cualquier contexto, desde el mismo hecho que no somos invisibles. Ahora, cuando una persona se nos acerca y manifiesta un malestar, la natural reacción - sobre todo si es un familiar o un amigo -, es tratar de colaborar a que lo supere.
Por otro lado, en ocasiones no es sencillo detectar a aquellos que quieran “llamar la atención”, de los que con franqueza están pidiendo ayuda!.
Respecto del tema que estoy tratando, e independientemente de la experiencia recogida en el consultorio, quisiera referirme a algunos casos que he detectado aquí, en el “medio” de los Blogs.
Cuando creé este sitio – con una intención pedagógica, respecto de mi metié – y que, “
dicho sea de paso”,

el
4 de septiembre se cumplió un año desde la primera publicación, era poseedor de una ignorancia supina respecto del “
mundo blogero”.
Con el correr de los meses - y por hechos que no puedo precisar, por no recordarlos - fui conociendo otros sitios en los que sus creadores trataban diversos temas.
En algunos casos me encontré con espacios en los que casi con exclusividad, sus publicaciones hacían referencia a sus padecimientos emocionales.
No me pareció nada extraño que alguien manifestase sus estados emocionales en estos recursos, y en ocasiones dejé mi parecer respecto de lo que mencionaban, en los comentarios.
Mis dichos tenían un “tinte profesional”, pero al igual que los cientos de comentarios que los seguidores dejaban a sus entradas, también de estimulación, apoyo y confianza a que superaría su conflicto.
Con el tiempo comencé a notar que, cada vez que se renovaba un escrito en sus páginas, otra vez se trataba de alguna publicación relacionada a su afección; y así sucesivamente.
Lo que sí me asombró fue el hecho de que - cuando los visitaba nuevamente a leer su flamante entrada - me volvía a encontrar con cientos de nuevos mensajes, con los mismos textos, que los seguidores habían dejado en la publicación anterior.
Bueno…; con el tiempo dejaba de participar de esos sitios. No por desinterés o (quizás huelgue decirlo para quien me conozca) falta de solidaridad para con esa persona; sino por lo mismo que expuse arriba, por darme cuenta que mis mensajes eran REFORZADORES de su conducta de queja; además de saber (por experiencia profesional) que ningún depresivo tiene voluntad vital como para crear un blog, tomarse el trabajo de redactar una publicación, y responder a los comentarios de sus lectores.
Claro está que, de vez e cuando, me “daba una vuelta” esperando - que si el artículo trataba otro tema que el de siempre -, en ese momento poder dejar mi mensaje respecto de lo que hubiese escrito; intentando con ello REFORZAR su capacidad de descentralizarse de su problema.
Para ser justo, en algunas ocasiones noté que ese tipo situaciones solo fueron transitorias, y la persona propietaria del sitio, mostraba otra capacidad de creatividad, ponderable la mayoría de las veces, y para mi gusto.
Pero en otras..., me he vuelto a decir: “no hay con qué darle!”.
¿Será que perdemos la noción de lo que nos canta Silvio Rodríguez en este tema?
- Referencias:
- M.R. Goldfried y C. Davison – “Técnicas Terapéuticas Conductistas” – Ed. Paidos – Bs.As. - Barcelona – 1981.
- Felicitas Kort – “Técnicas Terapéuticas aplicadas a la Conducta” – Ed. Monte Ávila – Caracas, Venezuela – 1970.
- Albert Ellis – “Manual de Terapia Racional Emotiva” – Ed. Desclee de Brouwer – Bilbao – 1981
- Experiencia Personal.
Cariños
Ricardo Musso